En la
actualidad, mucho se habla de la creación de leyes, para mantener un orden en
la sociedad, las cuales, en su momento se ha determinado que deben ser
generales, abstractas e impersonales.
Sin embargo, en la práctica, sucede todo lo contrario, cada día las
leyes se convierten en más específicas, personales e incluso, benefactoras a
ciertos grupos o personas. Pero, ¿es
culpa de la ley?
En el juicio
contra Carlos Hugo, por el delito de desacato a la ley, Víctor Hugo, su padre,
fungiendo como abogado de su hijo pronunció: “Señores: elevémonos un poco más
allá de un texto controvertido, elevémoslo hasta aquello que constituye la
esencia misma de toda legislación que es el fondo de la conciencia humana”
(Olano Valderrama, Carlos Alberto, Audiencias
celebres de todos los tiempos. Colombia: Ediciones Librería Profesional,
1980, Volumen I, Página 60), claramente da a conocer la naturaleza de la
formación de una ley, invocando la premisa fundamental de la misma, el orden
natural de toda ley.
Al momento de
que toda ley se basa en la conciencia humana, cumple las condicionantes
principales para establecer un orden espontáneo y natural, lo cual permite
crear una sociedad con igualdad de oportunidad, ante la ley, y con certeza
jurídica. A este tipo de ley, se le
podría decir que es moral.
Así mismo, en
contraposición durante la segunda guerra mundial, y como oficial de alto rango
de la SS, Adolf Eichmann (1962), en el Caso Eichmann declara: “Y no hice sino
obedecer el derecho de mi país”, con dichas palabras, da a conocer que él no es
culpable de cargo algo, del cual que se le acusa y está siendo juzgado, sino
que en todo momento era un observador de lo que un hombre, legislador o
dictador, decidiera que debía hacer, olvidando así la conciencia humana, y
constituyéndose en un robot, un simple ejecutador de la orden recibida.
Dicho de otra
manera, cuando una ley se vuelve inmoral, para proteger o ayudar los fines de
unos pocos, puede orillar a la destrucción de una nación, o incluso de varias,
tal como fue el caso de los alemanes. Si
bien es cierto, no convertirá a grandes hombres en genocidas, sí los llevará a
un punto de no retorno al establecimiento de una justicia, basados en el
derecho.
Es por ello
que Louis Rougier, expresa lo siguiente:
“’Si
las leyes son buenas, la moralidad de un pueblo será buena; éstos serán malos
si las leyes son malas’, decía Diderot, y Helvetius insistía en que los vicios
de un pueblo son producto de malas leyes.
‘El legislador puede, si lo desea, crear héroes, genios y hombres de
honor’. Concoradet estaba convencido de
que una buena ley sería buena para todos los pueblos, en todas partes, ‘así
como un teorema en geometría es verdadero para toda mente’. En este espíritu Rousseau redactó
constituciones para Córcega y Polonia sin sentir la menor necesidad de visitar
ninguna de estas naciones” (El genio de occidente, Segunda Edición, página
235).
Por lo tanto, queda
fehacientemente demostrado que la ley no es la perversa, sino los hombres
quienes la promulgan, más aún, quiénes la hacen respetar y ejecutar, puesto que
en éstos últimos queda toda la responsabilidad que se observen con base a su
verdadero espíritu, y no a sus intereses personales, o de sus allegados.
