Todo progreso
de la sociedad, no se debe a sus gobernantes, ni mucho menos a los grandes
políticos partidistas, pues en ningún momento conocen las necesidades
de los miembros de su localidad, no digamos así de la nación entera. Dicha posibilidad, es completamente utópica,
debido a que toda la información, estaría completamente desfasada, e incluso,
cabe una alta probabilidad que la misma se encuentre sesgada por la persona
misma que capta los datos, con el propósito de ganar favoritismo con el
gobernante.
Entonces, ¿de
quién depende dicho cambio para que una nación progrese?, por más absurda que
parezca la respuesta, es de cada persona o habitante de dicho país, puesto que
es un cambio de actitud personal, fomentado en las normas de buena costumbre,
las cuales permitirán ser la base sobre las cuales se pueda construir un
verdadero futuro, lleno de progreso.
Louis Rougier,
menciona qué:
“La
civilización occidental evolucionó a partir de una manera especial de ver la
naturaleza y la vida. Su singularidad
radica en haberse liberado exitosamente de aquellos tabúes, prohibiciones y
costumbres ancestrales que no pudieron justificarse en términos de utilidad
social o beneficios demostrables; en haber dominado el mundo circundante
mediante la comprensión de sus leyes; en su incesante búsqueda de maneras para
mejorar las condiciones materiales de la vida humana en general, respetando al
mismo tiempo la dignidad esencial de cada individuo” (El genio de occidente,
Segunda Edición, página 219).
En dicha cita,
se puede apreciar claramente que la fórmula mágica para impulsar el progreso de
la humanidad, radica en la misma persona, no existe otra manera, ni otro medio
por el cual se pueda alcanzar.
En el preciso
momento en que cada persona, se dé cuenta individualmente de su propio
potencial, y de lo que debe aportar a la sociedad, anteponiendo su propia
dignidad en cada acto que realice, todo empezará a funcionar en una misma
sintonía, y en una misma dirección, sin importar los deseos particulares de
cada ciudadano, ya que todos se estarán rigiendo bajo los estamentos del buen
conducirse, y esto conllevará consigo el propio progreso colectivo.
En ninguna
sociedad, por más mínima que sea, puede prevalecer bajo las premisas de la
envidia, avaricia, o malas prácticas realizadas por los antepasados, dichos
tabúes lo que promueven es la destrucción social.
Es inevitable
comprender que, en lo largo de la historia humana, muchos grandes imperios y
civilizaciones han desaparecido en todas las partes del mundo, en el momento
que la corrupción, o concupiscencia de los gobernantes prevalece sobre los
gobernados. Ni una sola sociedad ha
logrado prevalecer ante dichos sucesos, que provienen de una persona, porque ha
olvidado la dignidad humana, y peor aún, la del hombre como individuo,
perdiendo así todo valor por ellos.
Cuando la
pérdida de la dignidad se da, lo valores de dicho hombre, también se pierden, y
como consecuencia, todos sus actos se corroen, por lo que todo aquello por lo
que un día lucho, en el beneficio de sus conciudadanos, dejan de tener sentido.
Lamentablemente,
esta condición del hombre, es tan frecuente, que ya es casi imposible tener un
líder, que gobierne pensando primeramente en el bienestar común, antes que sus
deseos y anhelos personales.
